Mi compañero policía me dijo que lo olvidara. No le hice caso
Soy un simple policía municipal de un estado del norte de México, frontera con EU, nada fuera de lo común. No investigo homicidios ni tengo acceso a casos súper raros. No hago nada divertido de esas cosas que aparecen en películas; normalmente me asignan a tránsito o como elemento de seguridad en eventos donde Protección Civil requiere nuestros servicios.
Pero eso no me salvó de verme involucrado en una historia tan horrible que me tiene por las noches pensando sin poder dormir, decidiendo si es buena idea compartir o no antes de un inminente final.
Sé que la información es sensible y obviamente algo ilegal, aun y cuando la cuento ante un grupo de desconocidos, en foros anónimos de la red y manteniendo en anonimato a los involucrados y locaciones.
Todos saben perfectamente que la principal desgracia de este país —que sufre este país— es la inseguridad; ocurre principalmente por el crimen organizado. Si el gobierno tiene culpa o no, no me interesa discutir, cada quien tiene su punto de vista.
Disculpa por tanta introducción, lo hago para poder contarte bien mi historia.
Una noche me encontraba patrullando tránsito con mi compañero, a quien llamaré falsamente Andrés, todo trascurría normal, hasta que detuvimos a una persona por viajar a exceso de velocidad en una furgoneta color gris. Lo perseguimos durante un par de cuadras, pues no bajaba la velocidad; encendimos la sirena, las luces, hasta que al fin lo hizo.
Desde el momento en que me bajé de la patrulla y caminé hacia la ventana del conductor, pude ver por el retrovisor cómo se movía inquietamente. Por un segundo hicimos contacto a través del espejo; pude ver el terror en sus ojos. Sirvió como advertencia para acercarme con precaución. Me llevé la mano al arma que guardo en el cinturón, listo para desenfundar. Fue cuando la puerta se abrió de golpe y el hombre abandonó el vehículo.
Una persona de baja estatura, cabellos despeinados, que vestía casualmente. Me puse al instante en posición defensiva.
Siendo sincero, nosotros no somos conocidos por tener un buen entrenamiento. Entre la sociedad se bromea sobre nosotros, nos llaman “Maruchan” porque prácticamente somos policías instantáneos: hacemos un curso teórico y práctico que dura seis meses y, después de eso, ellos piensan que estamos listos para trabajar. Tenemos conocimientos básicos de defensa, nada fuera del otro mundo.
Así que, cuando ese hombre abrió la puerta de la camioneta de golpe, tomándome por sorpresa, mi primera reacción fue correr a esconderme detrás de la furgoneta. ¿Cobarde? Probablemente sí.
Miré cómo Andrés bajó de la patrulla corriendo y lo vi pasar a un lado de mí a toda velocidad, correteando al hombre. Yo me quedé sin saber qué hacer, mirando a los lados.
Fue cuando escuché golpes viniendo de la puerta trasera de la camioneta, justo donde estaba escondido hace unos segundos. Me asusté, me alejé un poco, respiré tomando aliento, saqué mi arma y abrí la puerta.
Estaba oscuro, pero podía ver pequeños puntos con la luz que entraba del alumbrado publico, como búhos en la oscuridad: ojos.
Saqué mi linterna al instante y alumbré dentro de la furgoneta; había al menos una decena de personas… personas pequeñas, todos cerraron los ojos al sentirse encandilados, niñas en su mayoría. Estaban amarradas de las piernas y de las manos, también tenían cubierta la boca con cinta. Sus miradas llenas de terror me miraban suplicando ayuda.
Me quedé ahí, parado como un idiota procesando lo que estaba mirando. No podía moverme. Sentía algo sobrenatural, no puedo explicarlo, como si algo me obligara a que cerrara la puerta y siguiera con mi trabajo como si no hubiera visto nada. Apagué mi linterna; parecía molestarles.
Mi compañero llegó, agitado, sin aliento. Se puso a un lado de mí.
—¿Qué pedo? —me preguntó, agitado, apenas salían las palabras de su garganta.
—¿Se fue? —no lo volteé a ver, seguía sumergido en esos pequeños puntos en la oscuridad.
—Sí, no lo alcancé —intentaba recuperar el aliento—, pero se le soltó el teléfono; yo creo que podemos encontrarlo con esto.
Yo estaba perplejo aún, incrédulo. Él se dio cuenta de mi estado; caminó un par de pasos hasta ponerse a mi lado. No dije nada, dejé que lo descubriera por sí mismo.
—¡¡¡Puta madre!!!—
Lo escuché maldecir tantas veces, mientras yo seguía luchando contra mi mente.
—Voy a reportar esto —mi compañero se adelantó, puso el teléfono del hombre que había huido en mis manos.
Fue cuando por fin salí de mi trance.
Lo miré: estaba desbloqueado, tenía abierta la app de Google Maps. Expandí con mis dedos la pantalla buscando la locación; iba hacia un lugar en medio de la nada. Quizás no soy bueno con tácticas de combate, pero tengo experiencia con cosas tecnológicas. Me metí a su historial de búsquedas y encontré tantos lugares que me helaron la sangre: casa hogar, iglesia, escuela, hospitales y muchas direcciones en medio de la nada.
Creo que entendí el modus operandi: él recogía a los pequeños en esos lugares, después los entregaba en locaciones que le eran compartidas ese mismo día. Estos lugares cambiaban cada ocasión para evitar llamar la atención.
—Ya vienen —Andrés regresó, aún con su rostro de preocupación. Se acercó a una de las pequeñas y le quitó la cinta de la boca, con cuidado de no lastimarla. Ella comenzó a llorar de una forma horrible, asustada.
—Tranquila —Andrés intentaba calmarla—, ya estás bien, estás a salvo.
Había algo en su voz ¿estaba mintiendo?
Escuché sirenas en la distancia. Los refuerzos venían en camino. Eran los últimos segundos que tenía para poder revisar el celular antes de que uno de los oficiales de investigación lo tomara. Me metí a los mensajes y llamadas, buscando algo que pudiera darme una pista. Saqué mi libreta, anoté algunos números, coordenadas, nombres. Andrés me miró hacerlo; pude ver en su rostro que no apoyaba tal acción, no me importó. Hubo algo que llamó mi atención al instante: en los mensajes había una sentencia que se repetía constantemente.
“Quiere observar”.
Lo anoté también. Guardé mi libreta al instante que una patrulla se paró enseguida de nosotros. Rápidamente bajaron un par de agentes de la Estatal Investigadora. Nunca los había visto, no es raro; son diferentes organizaciones trabajando en una misma ciudad, tantos agentes que no conozco a la mayoría.
Pensé que poco a poco comenzarían a llegar más patrullas de todos los niveles de gobierno: federales, estatales, municipales, Guardia Nacional. Se acordonaría el área… pero no fue así. Fueron los únicos agentes que llegaron.
—Ya pueden irse —nos dijeron, que más que una sugerencia sonó a una orden—. Nosotros nos encargaremos.
Titubeé un poco, hasta que mi compañero me dio una palmada en el hombro. Lo volteé a ver.
—Vámonos —me dijo. Noté en su rostro esa urgencia por salir de ese lugar.
No tuve opción. Regresé a la patrulla. Andrés encendió y nos alejamos. Estaba en silencio, no podía quitarme de la mente lo que acababa de ver.
—Esa madre —Andrés rompió el silencio—, tírala.
No tenía que decirme a qué se refería; lo sabía perfectamente: los apuntes que hice del teléfono del hombre que corrió.
—¿A dónde vas? —interrumpí cuando dio vuelta en U—. ¿No vamos a buscar a ese cabrón?
—No. Vamos de regreso a la estación y te voy a dar un consejo: no digas ni preguntes nada de lo que acabamos de ver. Y te repito, eso que apuntaste, tíralo, quémalo y olvídate de eso.
Mi sangre estaba hirviendo, pero era lo más sensato. Como dije, no somos agentes con experiencia en combate ni en rastreo; solo sabemos ver qué carros están mal estacionados y ponerles un papel en el parabrisas. Pero lo que más me molestaba era su negativa por investigar más sobre el caso. Pasé toda esa tarde pensando en lo que había visto. No tengo acceso a expedientes o investigaciones, pero sí tenía algo: unos números de teléfono y mucha curiosidad.
Terminé mi turno, me fui de la estación sin despedirme de nadie. Me puse a revisar en Facebook páginas de noticias de mi ciudad, periodistas amateur que van rápido a los lugares donde ha pasado algo para transmitirlo. Nada. Como si nada hubiera pasado.
Pasé a un Oxxo, compré un chip y un teléfono económico y me fui a casa.
Agregué el número que tenía anotado en mi libreta. Me puse a pensar qué debía decir. Recordé la imagen de los pequeños puntos en la oscuridad, esos ojos mirándome fijamente con terror, también lo que había visto en los mensajes: “Quiero observar”.
“También quiero observar”.
Enviar.
Me quedé unos minutos sosteniendo el celular recién comprado en mis manos, sudando, respirando con agitación y con mi corazón palpitando audiblemente.
Me quedé con mi mente divagando, casi con mi cerebro apagado, cuando un sonido y una vibración me regresaron a la realidad con un susto horrible. La pantalla de bloqueo mostraba una notificación de SMS. Mi corazón palpitaba.
Una imagen. Estaba muy oscura, pero podía ver una persona. No podía ver su rostro, pues estaba oscuro; había elegido una posición donde la luz no iluminara su cara. Pero lo que pude ver fue un collar en su cuello. Parecía como un rosario, pero las “misterios” eran demasiado grandes; estaba tomada de una forma en que esto apareciera en primer plano. Quería que lo notara.
Fue cuando lo hice. Mi estómago se amarró.... Eran ojos. El hombre tenía en su cuello un collar hecho con ojos; los globos oculares colgaban del nervio óptico, amarrados a lo que parecía ser una cuerda delgada.
Me enfoqué tanto en eso que no me di cuenta de lo que había atrás: dos puntos apenas brillantes. Subí todo el brillo de la pantalla y apenas pude distinguir una silla, y sobre ella una pequeña amarrada. Podía ver esos ojos asustados, idénticos a los de lo que acababa de presenciar en la tarde mientras patrullaba.
Otro mensaje.
Una serie de números y dígitos que no tenían ningún sentido… hasta que vi cómo empezaba: bc1q.
Bitcoin… acaso esas historias que tanto veía en videos de creepypastas en internet no solo eran reales, sino que ocurrían en mi ciudad, bajo mis narices. Recordé la advertencia de Andrés. Estaba claro que sabía algo más. También la forma en que esos estatales nos corrieron de la escena… y el silencio de la noticia.
Además, la persona estaba mandándome un SMS. Podría ser fácilmente rastreado por operadores telefónicos… pero no le importa. Es como una incoherencia solicitar el dinero por Bitcoin mandando la dirección por un SMS.
O quizás es simplemente complicidad de las autoridades.
Me quedé como un estúpido mirando la nada, sin la más mínima intención de dormir. Sabía perfectamente que no podría hacerlo.
Fue cuando llegó otro mensaje que causó el mismo susto que el anterior.
Un video.
Mis dedos estaban temblando cuando lo acercaba al teléfono.
Las luces de mi habitación comenzaron a parpadear levemente. Sentí un aire frío horrible y un mal presentimiento invadiendo mi espacio.
Me armé de valor. Presioné play.
El hombre estaba en primer plano de nuevo. Podía ver el pecho, ese collar llamativo. Mueve su mano hacia el primer ojo.
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…
—Primer misterio…
La imagen se vuelve borrosa. Lo censuran… y gracias a Dios así fue, porque lo que escucho es un grito horrible de una persona pequeña. Estoy sosteniendo el teléfono con fuerza. Aunque no puedo ver nada, puedo imaginarme lo que está pasando.
No sé cuánto tiempo duró eso, pero los gritos me enfermaron. Solte el teléfono, me levante, intente llegar al baño pero no lo logre. Vomite. En el pasillo queda mi cena semi digerida.
Escuche de nuevo el teléfono.
Esta vez el sonido es diferente. Está timbrando. Lo escuche vibrar también.
Lo recogí. Casi como si algo me obligara, presiono el botón de contestar.
—Aún quieres observar…
Continuara...