Acepté el experimento porque la carcel era peor
Estaba angustiado. Acabado. Vacío.
Acepté el experimento porque esperar era peor. Me volvería loco.
En algún momento me contactaron.
Mi abogado dijo que era una opción viable. Me reducirían mi condena a cambio de mi cooperación. No hicieron preguntas sobre mi salud mental. Tampoco me interesé.
No dijeron de que se trataba. Solo explicaron los procedimientos. Me inmovilizarían, taparían mis ojos y suministrarían alimento por intravenosa.
No dijeron el propósito.
Me conducieron a la habitación, me ataron, colocaron todo lo necesario y cerraron la pesada puerta de metal.
La camilla estaba fría, escuchaba el lento goteo de la intravenosa.
No pasaba ningún pensamiento por mi cabeza, y eso, me abrumaba aún más.
Intenté distraerme, pero no había nada que pensar.
Tenía los ojos tapados, las vendas olían a cartón mojado. Estaba a oscuras.
Pasaba el tiempo y empezaron a venir pensamientos:
--¡Deberías de salir de acá!¡Tienes que huir! ¡Quizás no hay vuelta atrás!
Sabía que tenía que seguir. No había alternativa.
No hice nada a pesar de que mi conciencia queria huir despavorida.
Con el tiempo los pensamientos se volvian más claros, más violentos.
Sentía como circulaba mi sangre más rápido, mas caliente, cómo mi piel se erizaba, mis sentidos se agudizaban y mi temperatura aumentaba. Podía percibir cada esquina de la habitación.
En un momento, mi cabeza se detuvo. El silencio reinó y éramos la habitación y yo.
No sé cuánto tiempo pasó. Pero decidí abrir los ojos.
No los tenía tapados, no estaba atado ni con sondas colgando.
La habitación era más grande, se había expandido el dominio. Era como un universo negro, sin estrellas y masa.
No sentía mi cuerpo. Quizás me había dejado hace tiempo o solo la negrura lo absorbió.
Era un plano distinto. Todas las fórmulas matemáticas y físicas perdían sentido.
Me paré. Me empecé a mover hacia ninguna dirección. Nada aparentaba que me movía o iba a algún lado, estaba a la deriva en un universo ajeno.
El tiempo no importaba. Quizás pasaron años o solo segundos, era lo mismo. El cansancio, el miedo, los nervios no importaban. No existían.
Hasta que hubo algo de luz. Al principio se veía diminuto. Era como una mancha multicolor.
Pero, como si me atrajera, se volvió colosal. Me absorbía. Era como si una aspiradora galáctica te llevará a un lugar desconocido.
Pensé que iba a morir.
Pero pude abrir los ojos.
La luz del sol me abrumaba. Lo primero que ví fue un jardín cuidado. Era hermoso. Manzanos, naranjos, rosas chinas, jazmines. El pasto que estaba tocando mis pies. Era el más verde que alguna vez había visto. Sentía como me pinchaba, pero no me dolia, me daban cosquillas.
A lo lejos pude ver una cabaña de madera.
Mientras caminaba a ella ví el cielo azul, sin una nube, sin una imperfección. Era hermoso, me hipnotizaba.
Llegué a la cabaña. Iba a tocar la puerta. Estaba entreabierta y con mi puño la abrí.
Lo que ví no tiene nombre.
No tenía forma. Pero ocupaba toda la habitación.
Era los huracanes y las ciudades. Atomos y árboles. Asesinos y jueces. Volcanes pariendo islas y la lluvia. El llanto de hombres y la alegría de niños. Destrucción y creación. Todo y nada dentro de mi.
Todo eso lo ví con mis ojos antes de que quede ciego. La ceguera es como ver detrás tuyo sin girar. Nada.
Me eche a llorar, nunca había visto algo así.
Intenté escapar, correr, pero me caí. Estaba sollozando, estaba horrorizado, sentia que mi cabeza iba a explotar con tanta información.
Entonces me encontraba en una esquina gritando por ayuda.
Pero nadie iba a venir...
Hasta que tocó mí hombro.
Nunca nada me quemó como su mano. Me atravesaba sin dejar un rasguño. Cómo si una katana al rojo vivo me tocara para consolarme.
Me habló.
Su lengua era imposible de entender. Parecía como un lenguaje roto. Como el sonido de una televisión sin señal o una radio sin emisora.
Pero lo entendí. Su voluntad era que lo hiciera.
-- Su avaricia reventará el saco. Su silencio matará. Su sed de control los dejará sin nada que controlar y su insensibilidad será su condena. Todo, sin mi voluntad.
Escuché un chasquido. Cómo miles de huesos partiendose.
Volví a la realidad. Estaba en la misma habitación.
Mis oídos y ojos sangraban. El mundo se veía como borrachera bajo el agua.
Los científicos vinieron a mi, emocionados por la llegada de respuestas.
Estuve días sin poder hablar. Noches sin dormir intentando procesarlo.
Les dije que no ví nada. Tenía miedo. Recordaba y volvía cada vez más vividamente.
Llegaron a la conclusión de que el experimento había fracasado.
Me devolvieron a la prisión. Cumplieron con el trato.
Hace poco me liberaron.
Solo necesitó decirles que el experimento no fracasó.
Hace meses que no puedo dormir. No quiero cerrar los ojos, temo regresar.
Necesité explicarle esto a alguien:
Dios no está muerto.
Dios nos ha abandonado.
Lo último que ví fue...
Que estaba bailando.