El Día 7: La naturaleza aborrece el vacío
No escribo esto por arte, lo hago para documentar lo que me está sucediendo. Es la única forma en que mi mente se rehúsa a aceptar que me he vuelto loco.
Tengo 29 años y acabo de perder mi empleo. En medio de la apatía y el ocio, me refugié en lo único que me hacía sentir algo: historias de terror y leyendas antiguas en foros de internet. Pasé horas, luego días, saltando de un hilo a otro. El tiempo se volvió una masa gris frente a mis ojos. Cuando finalmente decidí tomar un respiro y mirar el calendario, me percaté del horror: llevaba siete días enteros sin hablar con absolutamente nadie. Ni familia, ni amigos, ni el repartidor de pizza. Una soledad extrema, alimentada por el silencio de mi departamento.
Recuerdo que en el Día 4, leí un rezo en un foro de ocultismo. Decía algo como: “Aquel que guarda silencio ante el mundo por siete lunas, deja su nombre en el umbral. Si nadie lo reclama con el habla, la Nada enviará un sustituto para ocupar su silla”. Me reí. Lo pronuncié en voz alta solo para romper el silencio de la habitación. Fue un error.
Al séptimo día, la claustrofobia me venció y salí a la calle.
Lo primero que noté fue la luz. El mundo era demasiado vibrante, como si alguien hubiera subido la saturación de la realidad al máximo. Los colores de los edificios me dolían. Al llegar al parque, me senté en la banca más cercana para intentar asimilar el entorno, y fue entonces cuando lo vi.
Era un hombre, a unos diez metros. Parecía común, pero su brazo derecho era desproporcionadamente largo, llegándole casi al tobillo. Sus dedos se movían de forma trabada, con una especie de lag visual, como si la realidad no pudiera procesar sus movimientos a tiempo. Podría jurar que, de reojo, él también me observaba con una fijeza inhumana.
Huí de allí. Entré al supermercado esperando que la normalidad me salvara. Pero el perro que ladraba afuera se escuchaba dos segundos después de cerrar el hocico. Al llegar a la caja, el empleado me preguntó: "¿Encontró todo lo que buscaba?". Abrí la boca, quise decir "Sí, gracias", pero mi lengua se trabó. No salió sonido. Asentí con la cabeza, pagué y salí casi corriendo. No hablé. No rompí el ciclo.
Subí al elevador de mi edificio. El tintineo de llegada fue diferente: una campana grave, metálica, que vibró en mis dientes. Entré a mi habitación y cerré con todos los seguros. Aquí todo es normal. Es mi santuario. Decidí que no saldría hoy. Quizás mañana mi voz regrese.
Hoy es el Día 9.
Frente al espejo del baño, mi voz salió perfecta: "Hola, mi nombre es...". Pero cuando miré mi reflejo, el corazón se me detuvo: mi imagen tiene retraso, Yo bajé la mano, y mi reflejo tardó un segundo entero en copiarme.
Lleno de una rabia nerviosa, abrí la puerta de mi departamento dispuesto a encarar lo que sea que estuviera afuera. Y ahí estaba. El hombre del brazo largo, parado justo en mi pasillo.
Llené mis pulmones de aire. Iba a gritarle: "¡¿Quién eres?! ¡¿Qué haces aquí?!". Pero al abrir la boca, el silencio fue absoluto. Mis cuerdas vocales se sintieron como hilos cortados. En ese mismo instante, el hombre abrió su boca deformada y, con mi propia voz, gritó exactamente lo que yo pensaba:
—¡¿Quién eres?! ¡¿Qué haces aquí?!
Retrocedí aterrado y cerré la puerta de un golpe, echando todos los cerrojos. Me quedé apoyado contra la madera, temblando. Fue entonces cuando lo escuché del otro lado. El sonido metálico de mis propias llaves entrando en la cerradura. El roce de mi chaqueta favorita contra la pared. Y luego, el eco de mis propios pasos caminando por la sala, mientras yo sigo aquí, atrapado en este rincón, desapareciendo.
Por favor, si alguien lee esto, comenta algo. Di una palabra. Rompe el silencio. No dejes que el espacio se quede vacío, porque algo vendrá a llenarlo.