Había salido tarde del trabajo, la lluvia que caía era demasiado fría. Escuchaba ausente mis pasos, la suela del zapato al tocar el piso. Se empapaba mi hombro fuera del alcance de la sombrilla. Estaba siendo consumido por pensamientos que iban y venían, me torturaban en silencio. El camino tenía mi atención desde hace mucho, pero la multitud huyendo de la lluvia como yo, me entretuvo. De pronto una persona que salió en solitario de un callejón al frente de la calle, vi con interés. Este siguió su camino contrario al mío, despreocupado sin sombrilla alguna. No pude ocultar mi recelo. Seguí mi camino hasta una altura de la ciudad que la gente escaceaba. Ahí en una acera estrecha, escuché unas pisadas que destacaban del resto, eran las únicas más cercanas a mi desde mis espaldas.
Después de un rato tomando dos desvíos, nada me hizo dudar de que me estaban siguiendo. Aceleré el paso, y estas se redoblaron con locura para alcanzarme. Me giré de golpe para encararlo y fue implacable mi desconcierto al dar con que no iban a detenerse. Tres sujetos con los rostros descubiertos que no reconocía me acechaban. Y tras ver a uno de ellos sacando una jeringa, me di a la huida tirando mi sombrilla encima de un charco de agua en la calzada. Sin pensar en que mis piernas resistirían lo suficiente o no, aguardé la vana esperanza de que podría dejarlos atrás.
Volví a envolverme entre la gente, el alivio recorrió mi espalda. Iban de lo normal en su vida, conversaban acerca de "la lluvia cesando al fin". Y yo solo sabía que no eran ellos los que iban a evitar mi asesinato o lo que sea que planeaban hacer aquellos tipos. Los ví de reojo tras de mí y seguí corriendo sin preocuparme en empujar a la gente con mis desesperadas maniobras. Ya empezaba a agotarme, el corazón me golpeaba por dentro. Y con cada jadeo sentía abandonarme las fuerzas.
Ingresé a una callejuela esperando que no me viesen y rendido ante la falta de aire, no podía más que esperar a que me alcancen allí. Avancé con la mano en el pecho, entre el oscuro pasadizo, la basura al lado del contenedor de basura. Volviéndome, una sombra se plantó en la boca de la callejuela, hizo el amago de venir hacia mi pero un fuerte silbido lo paró en seco. Lo ví irse. Un poli pasó de largo al rato, haciéndome soltar un suspiro. Fui consciente de mi cuerpo y me doblé sobre mis rodillas respirando a bocanadas. El reloj en mi muñeca señalaba las 12:46.
—Es muy tarde... —dije en voz baja.
No iba a quedarme a seguir respirando la basura. Me erguí para salir de aquel húmedo lugar, ya estaba harto de ver las langostas enteras dentro de las bolsas rosaceas y transparentes. Pero no me pude ir. De reojo creí ver una serpiente moviéndose alrededor de una caja de cartón apostada en el suelo. Estuve por retroceder hasta que comprobé que no era lo que imaginaba con temor. Dejé guiarme por la curiosidad sin debatir conmigo mismo. La caja estaba cerrada y seca, muy extraña ante la reciente lluvia. Así que decidí abrirla...
***
Hay personas bailando bajo las luces intensas de la discoteca. Tortuga le dirige una mirada por encima de sus lentes oscuros a la chica con el vestido plateado de brillos a su derecha. Esta le acaricia el pecho, buscando abrirle la camisa. La noche recién empieza. A su otro lado del sofá, la señorita con un vestido corto, negro sostiene su bolso de mano, mientras bebe un cóctel. Con la rodilla de sus piernas cruzadas está rozando las de él. Tortuga tararea la música a sabiendas que nadie lo escucha por el alto volumen de los parlantes. Es una copla de peso pluma. Su lugar es exclusivo, puede ver el ancho y largo del local desde la elevada plataforma. Entre la gente un individuo que reconoce, cruza hacía su extremo.
Tortuga aprovecha la cercanía de una mesera para llamarla y decirle algo al oído. Le entrega un billete y pasa de ella. Deja solas a las, hace un momento, sus acompañantes y camina hacia los interiores del establecimiento, abandonando su zona reservada. Asciende unas escaleras e ingresa a uno de los tantos cuartos privados. Sillones de medialuna le reciben en la habitación, rodean una mesa pequeña de cristal, encima varios ceniceros colmado de colillas. Se dirige a un lado, hacia una mesita rodante dorada. Toma una botella de whisky costoso, letras grandes y bien decoradas conforman el logo. Se sirve un vaso. Los corridos se escuchan amortiguados por las paredes.
Alguien ingresa y se para en la puerta. Usa sombrero negro de fieltro y gabardina beige.
—Estaba empezando a pensar que no vendrías. Ya es tarde. El toque de queda va a iniciar pronto. —dice Tortuga mientras levanta la cabeza y se lleva el vaso a la boca.
—Algunos asuntos me ocuparon más tiempo de lo que creí.
— ¿Qué?, ¿Trabajo de campo? No me digas, rescatando gatitos de los árboles — voltea a verlo para mostrarle sus grandes dientes.
Deja el vaso de nuevo en su sitio. Y cuando el vidrio se asienta en el metal, la sonrisa ya había extinguido. No parece que hubiera reacción por parte de su visitante.
—Para ti, solo he estado merodeando por ahí — interviene con seriedad, camina en la habitación hasta salir de la vista de Tortuga.
—Jaja... En ese caso, ¡Sé bienvenido a mi modesta morada! —Tortuga saca una pistola de debajo de su caparazón y se alista para disparar, pero cuando mira en la habitación no encuentra a nadie. —Que...
Una navaja roza su mejilla y se coloca en su cuello, brazos vigorosos lo someten.
—Tal vez en otra ocasión —le dice a sus espaldas. —Sueltala. —Su voz suena perentoria, la hoja empieza a arder en su piel escamosa.
No le queda de otra que tirar el arma al suelo. El tipo lo empuja a un lado y recoge el arma. —Bonita —procede a elogiarla.
Orejas naranjas sobresalen del sombrero negro y una cola de debajo de la gabardina. Tortuga lo observa enojado. Su visitante procede a irse. Pero en cuanto da un paso Tortuga se ve incorporado para enbestirlo y empezar una pelea. El tipo de orejas naranjas y gabardina beige le toma por sorpresa y recibe el impacto sin reaccionar a tiempo. Reincorporándose en el exterior, decide disparar un arma peculiar hacia el techo, un gancho sale disparado y se enrieda entre las vigas. Tortuga aún se recupera de su tropiezo, pero cuando ve la soga corre para atraparlo entre sus manos dañosas. El mecanismo del arma se activa y su visitante se eleva en el aire.
—Lo tomaré como un souvenir.
Airado viendo alejarse su pistola incrustada de piedras preciosas en manos de un don nadie arrogante, Tortuga 🐢 cree alcanzarlo del pie. Pero una patada en la cara lo devuelve al suelo.
Se soba los ojos para volver a ver cuánto antes. —¡No... La Coquette!