Con 22 años era de los que se quejaba de todo.
Del trabajo, del sueldo, de la gente, de la suerte que tenían otros. Energía constante gastada en cosas que no dependían de mí.
Un día leí una frase de Epicteto casi por casualidad:
“No te afectan las cosas, sino tu opinión sobre las cosas.”
La leí tres veces. Me molestó. Señal de que tocaba algo real.
Empecé a tirar del hilo y lo que encontré cambió bastante cómo funciono día a día.
Lo que el estoicismo me enseñó en la práctica:
En el trabajo:
Dejé de gastar energía en si me valoraban o no, si el jefe era justo o no, si el ambiente era bueno o no. Empecé a enfocarme solo en lo que dependía de mí: mi rendimiento, mis habilidades, mi actitud. El resto dejó de consumirme.
En el gym:
Tengo una genética mediocre. Progreso lento. Durante años me frustré comparándome con gente que avanzaba más rápido. El estoicismo me enseñó que mi único trabajo es aparecer y hacerlo bien. El resultado es consecuencia, no objetivo. Llevo más de 10 años entrenando con esa mentalidad y funciona.
En el dinero:
El mercado cae. La economía va mal. Los precios suben. Nada de eso está en mi control. Lo que sí controlo es mi tasa de ahorro, mis decisiones de inversión y no vender en pánico. Esa separación me ha ahorrado errores caros.
En las relaciones:
No controlas cómo te tratan. Controlas a quién eliges tener cerca. Cuando lo interioricé limpié el entorno y fue de las mejores decisiones que tomé.
El concepto que más uso:
La dicotomía de control. Antes de gastar energía mental en algo me hago una pregunta:
¿Depende esto de mí?
Si sí: actúo.
Si no: lo suelto y sigo.
No es resignación. Es no desperdiciar lo único que no se recupera: el tiempo y la energía mental.
Tengo 28 años y sigo siendo imperfecto en todo esto. Pero la dirección cambió desde que lo aplico.
Si os interesa profundizar en esto o en cómo lo combino con finanzas y hábitos físicos, encantado de hablar en comentarios.