¿Alguien me ayuda a conseguir un espejo?
¿Por qué esa fascinación por vernos? La historia de los espejos demuestra que, desde antiguas civilizaciones ha existido la idea, si es que no la necesidad, de vernos a nosotros mismos, de conseguir un reflejo lo más fiel posible a la realidad de nuestro rostro, o de nuestro cuerpo entero. ¿Por qué?
Soy todo lo que mis ojos no pueden ver en mi reflejo.
Incluso el humano ancestral gozaba de ese instante revelador en que su mirada se posaba en el agua cristalina y descubría que todo cuanto hacía, todo gesto que articulaba tenía una realidad material, y que así es como se veía. Nacía entonces la certeza de la imagen corporal. Ya no era solo una forma fluctuante, indefinida. Era ahora una composición estable, líneas marcadas, un diseño definido. Era, especialmente, un rostro.
¿Cuál es tu verdadero rostro? El que tenías antes de que nacieran tu padre y tu madre.
Pero, ¿qué es un rostro? Tan volátil, traicionero. En el teatro quedó demostrado que los rostros pueden fabricarse al propio gusto y medida, solo que a esos los llamamos máscaras. El error fue pensar que eso era una actividad propia del teatro, sin percatarnos de que la misma palabra “persona” tiene su raíz en el antiguo prósopon, revelando sutilmente la naturaleza de lo que somos: una máscara teatral. Pero una que necesitamos constatar que existe, porque de lo contrario, caeríamos en un cruel y angustiante vacío: no somos más que una idea indefinida. Es la despersonificación de la propia existencia.
A veces pienso en todas las ausencias de las que estoy hecho: la decisión que no tomé, el camino que no seguí, las personas que no conocí. Y me doy cuenta de que soy más mis ausencias que mis decisiones. Estoy hecho de vacío más que de elecciones.
Los espejos nos reafirman, nos recuerdan que somos vistos por otros y también por nosotros mismos. Es la génesis de la existencia compartida, condicionada. El gesto es mío, pero también del otro. El rostro me pertenece, pero las miradas lo reclaman suyo. El Yo se repliega detrás de la persona, del prósopon, del rostro que es máscara y que acomodamos a la medida necesaria cada vez que pasamos por un espejo. Que antes eran de obsidiana, de cobre, de bronce, pero que siempre reflejaron lo mismo: un teatro mal disimulado.
Me encuentro en el límite exacto en donde se disuelve lo que soy con lo que creo ser.