La Guerra Humana 1: El Ocaso de Rerquer
El 12 de julio de 1368, el sol sobre el reino de Ofgaten no auguraba la carnicería que estaba por desatarse. En el pueblo de Rerquer, la arquitectura era un baile imposible entre el pasado y el futuro: humildes techos de paja convivían con farolas de plasma y escudos térmicos rudimentarios. —"¡Oiga, Elian, estas manzanas son de la cosecha del norte, dulces como el néctar!" —gritaba un comerciante mientras un dron de carga zumbaba sobre su cabeza. —"¡Guárdeme una docena, maese, que hoy hay banquete!" —respondía un guardia local, ajustando su lanza de vibración. Era una paz forjada en piedra y circuitos, una armonía que se sentía eterna bajo el cielo azul cobalto, sin sospechar que el aire estaba a punto de volverse irrespirable.
De pronto, el ambiente cambió. Un escalofrío eléctrico recorrió la plaza y el aire se cargó de un olor a ozono y azufre que ahogó el perfume de las frutas. El murmullo de la plaza se transformó en un silencio sepulcral, roto únicamente por el crujido de la tierra bajo un peso antinatural. Desde los lindes del bosque, como una marea de pesadilla esmeralda, aparecieron los orcos del sur. No eran simples bestias; eran moles de músculo hipertrofiado, con pieles del color del musgo podrido y ojos inyectados en una sed de sangre que trascendía cualquier lógica. —"¡Carne fresca de ciudad! ¡Rómpanlos hasta que solo quede el eco!" —rugió el orco que lideraba la vanguardia, desenvainando un hacha de cromo negro que goteaba estática.
El ataque fue un estallido de violencia quirúrgica. Sin más palabras, se lanzaron al degüello. Uno de los humanos, el comerciante de manzanas, fue atrapado por un orco de tres metros que lo levantó como si fuera una pluma. —"¡Por favor, piedad!" —suplicó el hombre con la voz quebrada. El orco solo mostró sus colmillos de tungsteno en una mueca de asco. —"La piedad no alimenta a mi horda, humano" —gruñó la criatura antes de partirlo en dos con una brutalidad inhumana. La sangre salpicó los adoquines calientes mientras las vísceras caían con un sonido húmedo y pesado, marcando el inicio de una sinfonía de gritos que se extendió por cada callejón de Rerquer.
Otro joven intentó escapar, sus piernas temblando como juncos en la tormenta mientras corría hacia un callejón lateral. No llegó lejos. Una mano verde y rugosa lo sujetó por el hombro con la fuerza de una prensa hidráulica, deteniendo su huida en seco. El orco lo miró a los ojos, riéndose con un sonido que recordaba a piedras chocando en un abismo. —"Eres muy lento, pequeño conejo. ¿Acaso tus piernas de seda no pueden con el peso de tu miedo?" —le dijo el invasor, disfrutando del terror en el rostro del joven. Acto seguido, le dio un rodillazo en la espalda, un golpe seco que astilló la columna y lo dejó inmóvil en el suelo, sollozando entre el polvo y el humo.
Un tercer hombre corrió desesperadamente hacia las rocas que custodiaban la entrada del pueblo, con los pulmones ardiendo y el corazón a punto de estallar. —"¡Ayuda! ¡Que alguien nos ayude!" —gritaba, pero su voz fue ahogada por un rugido gutural. Un orco salió desde detrás de una gran piedra, interceptando su carrera con una violencia animal. —"¿A dónde vas con tanta prisa? El banquete apenas comienza" —gruñó el monstruo mientras lo agarraba del cráneo. Con un giro brutal de su muñeca, estrelló al hombre violentamente contra la piedra; el impacto fue definitivo, dejando una mancha carmesí sobre el gris de la roca mientras el cuerpo caía inerte, como una muñeca rota.
El silencio volvió a caer sobre las ruinas de la plaza, pero duró apenas unos segundos. Desde el horizonte, una sombra gigantesca comenzó a cubrir el campo de visión, devorando la luz del sol como un eclipse artificial. Detrás del ejército de orcos, que ahora se detenía en una formación perfecta golpeando sus escudos, una figura colosal eclipsaba todo a su paso. Cada uno de sus pasos hacía que los cimientos de Ofgaten gimieran y que las ventanas de cristal de las casas estallaran por la vibración. Era su líder, la pesadilla viviente, el motor de la aniquilación de Ofgaten. Era Orberlor, el soberano de la piel verde.
Orberlor era un orco de aproximadamente 50 metros de altura, una torre de músculos definidos que brillaban bajo la luz mortecina con un fulgor metálico. Su cabello era corto, cortado de forma cuadrada, dándole un aire de general implacable y disciplinado. Su rostro, curiosamente refinado y de facciones atractivas, contrastaba de forma aterradora con su naturaleza destructiva: era imponente, casi divino, pero sus ojos destilaban una maldad que helaba la sangre. —"Miren este pequeño hormiguero..." —susurró Orberlor, y su voz, amplificada por su inmenso tórax, resonó en las montañas como el rugido de una tormenta de plasma—. "Qué divertido será ver cómo sus sueños se convierten en ceniza."
Orberlor sonrió, una mueca cruel que reveló dientes blancos y perfectos. Sus ojos comenzaron a brillar con un intenso color verde esmeralda, acumulando una energía que hacía vibrar el aire con un zumbido ultrasónico. La intensidad creció hasta iluminarse por completo, convirtiéndose en dos faros de muerte. De ellos surgieron dos rayos láser densos y abrasadores que impactaron directamente en una de las casas más grandes de Rerquer. La estructura no solo se derrumbó; explotó en una bola de fuego naranja y negro que sacudió el pueblo entero, lanzando vigas de acero y piedra hacia el cielo mientras los sobrevivientes gritaban en vano.
Sin detenerse, el gigante comenzó a arrasar con todo a su alrededor, caminando sobre las viviendas como si fueran simples juguetes de madera. Las casas caían una tras otra, reducidas a escombros humeantes mientras el fuego se extendía como un manto carmesí sobre el pueblo. Orberlor observaba la carnicería con una satisfacción gélida, moviendo su cabeza para que sus láseres barrieran las calles, fundiendo el metal y la carne por igual. Con una sonrisa cargada de un orgullo genocida, el líder orco declaró para que todo el reino lo escuchara: —Ofgaten caerá… hoy. El destino de la humanidad ha sido sellado por mi voluntad.
El caos absoluto se apoderó de Rerquer, dejando solo el lamento del viento entre las llamas y el humo negro que subía hacia el cielo. Pero lejos de allí, en una base militar oculta bajo las montañas de Ofgaten, la tecnología despertaba de su letargo. Luces de alerta roja parpadeaban en los paneles de control de cromo, y el sonido de los motores de plasma calentándose llenaba los hangares subterráneos. Los soldados, envueltos en armaduras de aleación ligera, empuñaban armas que zumbaban con una promesa de retribución. —"Firma térmica confirmada. El objetivo está en Rerquer. ¡Inicien secuencia de despliegue!" —gritó un comandante. El contraataque estaba a punto de comenzar.