
ayer encontré una oruga, quise tenerla pero me resigné y la liberé. hoy a la mañana me levanto para salir a comprar y la veo haciendo su capullo en el pasto, q belleza.
le hará mal q la tenga en casa en una caja?

ayer encontré una oruga, quise tenerla pero me resigné y la liberé. hoy a la mañana me levanto para salir a comprar y la veo haciendo su capullo en el pasto, q belleza.
le hará mal q la tenga en casa en una caja?
volviendo de acompañar a mi novia a tomar el colectivo encontré este amiguito pasando en medio de la vereda q es?
Hay un cuarto sin puertas donde el sonido respira como un animal vivo, y yo me dejo devorar.
Cada cuerda es un filo, cada púa que roza vibra en mis huesos como si el mundo, por fin, hablara en un idioma que entiendo.
Pero no hay nadie.
Nadie que escuche cómo cruje la madera del acorde, nadie que tiemble cuando el bajo abre grietas en el pecho, nadie que se quede en silencio porque sabe que ahí —justo ahí— algo sagrado está pasando.
Entonces salgo.
Y afuera… todo suena plano. Canciones sin sangre, ritmos que caminan sin alma, gente que escucha sin caer, sin arder, sin desaparecer en lo que oye.
Y me hierve.
Porque no es solo disgusto, es esta distancia insoportable entre lo que me atraviesa y lo que a otros apenas les roza.
Quiero compartir el incendio, pero solo encuentro manos frías. Quiero un eco, pero el mundo responde con ruido.
Y empiezo a odiar, no a ellos… sino a este silencio compartido que no alcanza, a esta imposibilidad de decir “escuchá esto” y que alguien, por un instante, deje de ser quien es para perderse conmigo.
Así que vuelvo al cuarto.
Cierro todo. Subo el volumen. Y dejo que la música me rompa en mil partes, porque duele menos eso que sentir que nadie más puede romperse igual.