u/Sad_Satisfaction9810

Hola. Les dejo el prólogo de mi novela que pienso enviar a editoriales muy pronto. Agradecería mucho sus opiniones.

Calles de Golkner, Dorrak. 3 de obris de 870 Después del Descubrimiento.

Eran habitantes de su propio reino, armados apenas con herramientas de su diario vivir, pero fuertemente motivados por un ideal independentista inculcado por un hombre ambicioso. Edregan vio a los improvisados soldados correr en dirección a él desde el otro extremo de la calle, gritando a todo pulmón para infundirse ánimos.

Consciente de lo que estaba a punto de suceder, pensó en lo poco atrayente que era la idea de levantar su espada contra aquellos ciudadanos, tan deficientemente entrenados que su nivel no alcanzaba siquiera al de las Levas. No los culpaba por buscar la libertad; consideraba que los Hacedores los habían creado para ser libres, sin cadenas que les ataran a un reino ni votos de obediencia que los obligaran a seguir ciegamente a sus gobernantes. Sin embargo, tampoco avalaba lo hecho por Querios, el oportunista alcalde de esa ciudad, cuyo único objetivo era sembrar la discordia en Dorrak tras ciertos desencuentros con el rey. Aunque, claro, no fue eso lo que dijo a sus súbditos cuando plantó las semillas de la rebelión, sino que, haciendo un excelente uso de su labia, los convenció de que lo mejor para su futuro era forjar un camino propio, alejados de la familia Van Ritz y de su centenaria monarquía.

―¡Formad un muro compacto, escudos adelante! ―bramó Edregan, haciéndose oír por encima de los gritos provenientes de otras calles.

No hubo tiempo para más pensamientos. Antes de que los soldados lograran formarse correctamente, el contingente de rebeldes llegó hasta ellos y empujó con furia, obligándolos a ceder terreno. Sin embargo, y a pesar de la ventaja inicial, los enemigos no supieron beneficiarse de ella y continuaron arremetiendo de forma descontrolada. Edregan estaba seguro de que, de haber priorizado los puntos débiles de la formación, los independentistas habrían podido barrer sus defensas con facilidad. No obstante, como hicieron justamente lo contrario, eso le dio a los suyos la oportunidad de recomponer sus falencias y cerrar la formación.

Ya asentado el muro, los soldados fueron capaces de frenar el retroceso, reduciéndolo a un constante tira y afloja en el que ellos tenían la ventaja. Contenido el empuje, los hombres de la segunda fila lanzaron espadazos hacia el frente, destajando carne con facilidad ante la falta de armadura en unos enemigos que, o bien se veían forzados retirarse ante la gravedad de sus heridas, o simplemente caían muertos.

Edregan levantó la espada y arremetió con ella hacia adelante, rozando la cabeza de un soldado que, confiado en su compañero, ni siquiera se inmutó cuando la hoja pasó a escasos centímetros de su oreja. El acero del capitán se clavó en el cuello de un rebelde, atravesando piel y músculo hasta salir por el otro lado. Su víctima abrió la boca para gritar, pero lo único que salió de ella fue sangre, desbordándose sin sonido.

Si bien mantener el muro compacto les otorgaba seguridad y evitaba un combate demasiado abierto, también reducía las oportunidades de acabar rápido con los enemigos, a lo cual se sumaba el elevado número de estos. Al mirar la gran cantidad de rebeldes que tenían delante, Edregan recordó haber escuchado que, consciente de que el tiempo le jugaba en contra a la hora de formar un ejército, el autoproclamado rey Querios había ordenado que todo hombre mayor de dieciocho años se uniera a las filas.

Detenidos en su avance hacia la alcaldía, el objetivo principal del ejército, Edregan sintió la presión de quedarse atrás y no llegar a tiempo para el asalto final. Pensó que, quizás, sería una buena idea ordenar la retirada; no llevaban las de perder, pero el poco espacio para combatir les quitaba maniobrabilidad y, por tanto, posibilidades de acabar rápido con aquella escaramuza. Si lograban salir a un sitio más amplio, como lo era la calle anterior, sus hombres lucharían a gusto.

―¡Llegan más por la espalda! ―gritó alguien, llamando la atención del resto.

Al girar la cabeza, el capitán vio al nuevo grupo de rebeldes emerger desde la intersección, corriendo hacia ellos con las armas en alto, listos para derramar sangre. A punto de ser rodeado por un enemigo que parecía no acabar, Edregan se planteó la idea de ordenar a la retaguardia que se lanzara contra los recién llegados y evitar que los contrarios les encerraran, pero aquello suponía abandonar a la primera fila, y él no era de esos que sacrificaban a sus hombres, ni siquiera si con ello salvaba la vida de la mayoría.

―¡Formad otro muro! ―gritó al final, volteándose justo a tiempo para esquivar una lanza que se le acercó peligrosamente―. ¡Prepárense para aguantar una lucha apretada!

El impacto fue tan brutal que Edregan fue arrastrado por el retroceso siguiente, sintiendo cómo el aire se le escapaba de los pulmones al verse compactado contra la enorme mole de acero en que se convirtió su escuadrón.

Las defensas no tardaron en ceder ante la presión enemiga, abriéndose así una brecha por la que los independentistas se infiltraron, abriéndose paso a punta de espadazos.

Edregan se lanzó al frente, directo contra el espacio abierto por las fuerzas rivales. Realizó cortes, cercenó un par de extremidades e incluso decapitó a uno, cuyo cuerpo continuó andando por unos segundos, como si no fuera consciente de haber perdido la cabeza. Y, aunque la cantidad de cuerpos que dejaba a su paso era amplia, los enemigos parecían no acabar, pues, con cada uno de ellos que Edregan aniquilaba, aparecían otros tres, listos para tomar el lugar del anterior.

Sintiéndose ahogado, a punto de perder la esperanza, un extraño e inquietante pensamiento acudió a su mente, desmoralizándolo aún más. No se consideraba un hombre de familia; de hecho, llevaba años sin ver a sus padres y, sin embargo, en ese momento surgió en él la necesidad de tener una. Desde su llegada a la capital, no conocía otra vida más allá de los cuarteles, y creía que con eso estaba bien; pero ahora, con la muerte susurrándole al oído, Edregan fantaseó con la idea de tener una esposa a la cual amar, tal vez uno o dos niños correteando por la casa.

Fue un pensamiento fugaz, tan efímero como una chispa que se extingue en el aire y, aun así, lo suficientemente poderoso para llenarlo de congoja.

Edregan volvió a la realidad al tiempo que una hachuela descendía sobre él, tan rápido que, de no haber sido un soldado tan experimentado, la improvisada arma le habría dado de lleno en el cráneo. No obstante, haciendo gala de sus habilidades, el capitán esquivó hacia un lado y, con un movimiento rápido, cogió al rival por la muñeca, incapacitándolo para intentar un nuevo ataque. Edregan levantó la espada y le atravesó el estómago, arrancándole un gemido ahogado en el proceso.

Dejando caer el cuerpo del fallecido, Edregan se preparó para rechazar la acometida de un segundo rebelde que, armado con una espada demasiado fina para ser un ciudadano cualquiera, se le abalanzaba por la izquierda. Y entonces apareció la flecha, prácticamente surgida de la nada; la saeta cortó el aire, tan veloz como letal, en dirección al ojo del enemigo. Cegado por el impacto del proyectil, el independentista soltó su arma y cayó de rodillas, llevándose ambas manos a la zona herida. Edregan aprovechó el momento: levantó su espada por encima del otro y descargó la punta en la nuca de este, atravesando la carne hasta salir por el otro lado de la garganta.

Tras retirar la hoja del inerte cuerpo de su contrario, el capitán alzó la vista en busca del origen de aquella enigmática pero bienvenida flecha. Descubrió a Gazva, su único amigo dentro del ejército, parado sobre el borde del tejado, observando hacia abajo con una amplia sonrisa. Conociéndolo, Edregan se imaginó la manera en que el recién llegado alardearía durante semanas de haberlo salvado, seguramente exagerando la historia para quedar bien ante quien la contara.

Junto a Gazva, desde las demás techumbres, emergieron varias decenas de arqueros. Su amigo levantó la mano en un gesto que era a medias un saludo, a medias una señal para el resto del escuadrón.

―¡Los escudos sobre las cabezas! ―ordenó Edregan, viendo cómo el grupo de arqueros preparaba y apuntaba sus armas―. ¡Ahora mismo, si no quieren acabar muertos bajo el fuego cruzado!

La consiguiente lluvia de proyectiles fue tan letal que el combate acabó a los pocos minutos, con la mayoría de los rebeldes muertos, algunos heridos y el resto huyendo en desbandada. Siendo piadoso incluso con el enemigo, Edregan se acercó a uno que, a pocos pasos de él, se retorcía sobre un charco de su propia sangre, con una flecha clavada en la garganta, y lo remató.

―¡Tan oportuno como siempre! ―agradeció, elevando la vista―. Nos has salvado el pellejo, Gazva.

―Como lo he hecho siempre desde que nos conocemos ―bromeó el otro; su oscura piel brillaba bajo la capa de sudor que la cubría―. Ya me lo compensarás más adelante; por ahora puedes conformarte con seguir adelante. Me he enterado de que varios pelotones han llegado ya a la alcaldía y preparan el asalto. Si no te apresuras, perderás tu oportunidad de llevarte parte de la gloria.

Edregan dirigió la mirada a la colina que marcaba el centro de la ciudad; en lo alto de ella, el edificio objetivo coronaba la cima, rodeado por soldados que desde allí parecían diminutos. Luego observó la calle que tenía frente a él, temeroso de encontrarse con más enemigos esperándolo a la vuelta de la esquina.

―La calle continúa por unos cuantos metros y, en la siguiente bifurcación, dobla a la derecha, sin callejones de por medio ―anunció Gazva, como si le hubiera leído el pensamiento―. Mis hombres y yo podemos continuar cubriéndolos desde arriba por un buen trecho, al menos hasta llegar a la avenida principal…

―Y una vez ahí, bajarán al nivel del suelo y se unirán a nosotros ―concluyó Edregan, adelantándose a su amigo.

Gazva asintió e hizo una seña a los suyos para que continuaran avanzando.

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u/Sad_Satisfaction9810 — 11 days ago