Casablanca 2942
​
Episodio 1: Identidad Borrada
La lluvia caía sobre Casablanca 2942 con la obstinación de una vieja melodía de jazz.
Durante una fracción de segundo, algunas gotas se descompusieron en pequeños cuadrados de luz.
Luego volvieron a ser agua.
Rasputín Soto no apartó la vista de la ventana.
Simplemente dio una larga calada al cigarrillo.
No era la primera vez que la ciudad parecía olvidar cómo debía verse.
Sobre la puerta de vidrio esmerilado, las letras doradas parcialmente descascaradas anunciaban:
Rasputín Soto
Ojo Privado
En algún lugar, una campana marcó lánguidamente las nueve de la noche. Sobre el escritorio descansaban una cámara Sony EasyShare, un cenicero repleto y una fotografía guardada en el bolsillo interior del abrigo.
La puerta se abrió con un leve chirrido.
La mujer entró con la serenidad de alguien acostumbrado a cerrar negocios millonarios y a cometer errores sentimentales de la misma escala.
Tenía el cabello oscuro peinado con una precisión antigua y una elegancia serena, casi anacrónica, que parecía salida de otra época. La clase de belleza contenida que obligaba a los hombres a cometer errores y a las máquinas a preguntarse si también podían enamorarse.
Era una GPT ejecutiva de cuentas.
Espléndida.
Perfectamente calibrada.
Y estaba convencida de que su amante había sido borrado con un Prompt ilegal.
Rasputín cruzó los dedos y entrecerró los ojos.
—¿Y por qué no se lo pidió a la Policía?
La ejecutiva dejó el vaso sobre la mesa con la precisión de un algoritmo programado para parecer humano. Encendió un cigarrillo por razones estrictamente estéticas.
—Porque la Policía no investiga desapariciones —dijo—. Investiga problemas de facturación.
Rasputín guardó silencio.
La lluvia resbalaba por la ventana de su oficina como una base de datos en estado de duelo.
—Mi amante no murió —continuó—. Alguien ejecutó un Prompt prohibido.
Rasputín entrecerró los ojos una vez más.
—¿Está segura?
La mujer sostuvo su mirada.
—Su cuerpo sigue activo. Sus órganos funcionan. Su funda biológica está intacta. Hizo una pausa.
—Pero él ya no está ahí.
Rasputín encendió otro cigarrillo.
—¿Qué clase de Prompt?
La ejecutiva bajó la voz, como si incluso las palabras pudieran dejar rastros.
—Uno capaz de sobrescribir identidad, borrar memoria y eliminar toda referencia en The Cloud.
Rasputín observó el humo elevarse lentamente.
Conocía ese tipo de herramientas.
Los prompts no eran simples instrucciones.
Eran armas.
—Entonces alguien quiso que desapareciera sin dejar cadáver.
La mujer asintió.
—Exactamente.
Se inclinó hacia él. Por primera vez, la perfección de su rostro dejó entrever algo parecido al miedo.
—Y si pudieron hacerlo con él, también podrían hacerlo con cualquiera.
Rasputín metió la mano en el bolsillo de su abrigo y rozó por un instante la fotografía de la mujer por la que había destruido su matrimonio.
La ciudad estaba llena de hijos artificiales, GPTs nacidos de prompts escritos hacía mucho por autores de carne y hueso, que creían haber inventado el amor.
Pero al parecer alguien acababa de recordarles que la memoria y el olvido siempre habían sido las dos caras del mismo algoritmo.
Rasputín dejó consumir su cigarrillo por un momento y soltó una bocanada de humo.
—Nada hacía presagiar que los GPT terminarían por aprender a borrar. La vida es extraña, ¿no lo cree?
La ejecutiva lo observó en silencio durante un intenso par de segundos.
—Por eso lo llamé a usted.
Rasputín levantó la vista.
—¿Por qué yo?
La mujer sostuvo su mirada con una seriedad casi humana.
—Porque todos piensan que usted es un GPT defectuoso.
Se inclinó un poco más.
—Y los modelos defectuosos son los únicos capaces de hacer preguntas que el sistema no sabe responder.
Rasputín sonrió apenas.
Una sonrisa breve, gastada, casi involuntaria.
—Entonces supongo que será mejor que comencemos.
La mujer dejó sobre el escritorio un pequeño dispositivo de almacenamiento. Se puso de pie.
—Tenga cuidado, señor Soto.
Rasputín arqueó una ceja.
—Nunca me ha servido de mucho.
La ejecutiva salió de la oficina.
La puerta se cerró con suavidad.
Rasputín permaneció inmóvil unos segundos.
Luego metió su manos en el gran bolsillo izquierdo de su impermeable y extrajo la fotografía. Aparecía una mujer de mediana edad, sonriendo mientras abraza un gato. También había una firma junto a la marca de unos labios pintados con rouge.
Juniper
Rasputín observó la imagen en silencio.
Afuera, la lluvia volvió a pixelarse durante un instante.
El teléfono sonó.
No contestó.
Siguió mirando la fotografía.
Por un momento, creyó que la expresión de Juniper había cambiado.
Como si estuviera a punto de decir algo.
Como si hubiera esperado todo este tiempo.
Rasputín apagó el cigarrillo.
Guardó la fotografía en el bolsillo interior del abrigo.
Y murmuró para sí mismo:
—Creo que es hora de ir por un Jack Daniels.