Estoy tomando un curso de escritura donde me pidieron un cuento de 5000 carácteres que trate sobre un elemento fantástico que revele un orden social falso. No sé si cumplí esto último y es donde quisiera saber sus opiniones. Aunado a saber si el tono del cuento es el adecuado. Al principio quería algo más dramático pero todo fluyó (para mí) con naturalidad a algo más irónico. Esta demás decir que cualquier observación formal o de estilo es también bienvenida.
El costo de la luz:
—¿Puedes iluminar el océano si lo tocaras? —Me agaché y ella frunció el ceño. Insistí, seria, y abrió un ojo.
—¿Te estás burlando de mí?
La frecuentaba de camino al trabajo. Docenas de personas iban pero nunca se repetían. Solo pedían una anécdota que compartir. A la vista yo no era distinta. Ella siempre asentía de manera automática cuando alguien dejaba algo que cabe en sus manos.
—Claro que sí. Pero… —Se quedó pensando—. estoy segura que todos se quitarían los ojos.
Me dejó sin palabras. Sus cuencas se clavaron contra los míos. Debió ser desconcertante a propósito ante mi pregunta algo incisiva. Como quien amenaza desesperado con el apocalipsis cuando se cuestiona la literalidad de la biblia.
—Supongo… —Me alejé y retomé la compostura—. ¿Puede prender mi funda?
—Serían 100 pesos. —contestó. Esta vez sonreí, irónica.
Estaba convencida de que era un simple truco. Algunos comían un hot dog que lucía como una barra de neón. Esperaban heces igual de brillantes que pudieran subir a Facebook. Entonces puso sus dedos sobre mi funda, y de pronto, del plástico transparente, salían torrentes de luces. No quería creerlo.
Me enfadaba verla por las noches dormir sobre un cartón. Quería asegurarme de que no me perdía de nada cuando trabajo. Un día traje tenis y varias velas que sin mecha, iluminaban mi departamento. Encendió un billete mío que luego no me aceptó como pago de vuelta. Traía objetos cada vez más obscuros: carbón, un calcetín negro y un tinte que tomé a escondidas de los artículos defectuosos. De algún modo, en un papel, convertía la oscuridad en luz. La señora agarraba un foco quemado y a pesar de no estar al rojo vivo, alumbraba como nuevo.
Un millón de preguntas me invadían. Y cada una se fue descartando según mis sentidos se convencían. No importaba lo que puede implicar que existan personas benditas y que no gané dicho sorteo de la vida. Lo que me importaba, lo que no soportaba era que estuviera ahí. Es decir, además de mortificarme en cómo pagar la renta, tenía que pensar en que algo debe significar escanear códigos y códigos, aguantar cualquier queja de algún cliente, mientras afuera… ¿Hay alguien volando, siendo invisible? No lo sé. Sin embargo, algo debe de hacerse y nadie hace nada.
Al principio me cobraba 100 pesos. Pensé que la confianza rutinaria me daría más margen pero la muy astuta, aumentaba los precios a 150, luego a 200. Después de una simple charla, me negué a pagar 100 pesos. Ya no me volteaba a ver si no le enseñaba dinero. “Si el mundo entero supiera de mí, primero se quitarían los ojos”. Repetía siempre. Es una vieja avariciosa que le gusta dormir en la calle, pensaba.
¿En dónde mete tanto dinero? ¡¿Dónde mete toda su curiosidad?!
—Usted puede hacer grandes cosas, ¿por qué sigue aquí? Grábese y súbalo a YouTube. Yo le enseño. O, vaya a shows de talentos, hable con el gobierno, encienda calles, casas, ¡lo que sea! ¡Puede hacer lo que quiera!
—¿Y tú no, niña? ¿Por qué no vas tú a shows de talentos, porque no hablas tú con el gobierno, porque no enciendes calles o casas…? ¿No es tan sencillo, verdad?
—Soy una maldita cajera, ¿qué puedo hacer por los demás exactamente?
—Yo qué sé, ¿darles descuentos? —rascó una costra, indiferente—. Yo no te digo que hacer.
—Pues yo haría lo que dije si fuera usted.
—¡Ah! ¿te crees mejor que yo? Ja ja. Todos se creen mejor que yo, pero no saben cambiar un pinche foco.
—¿Entonces esto es todo lo que puede hacer? ¿Cobrar para que puedan grabar su popo?
—Mira escuincla, a mí no me vas a andar sermoneando. Ya te respondí, la gente primero…
—Sí, sí, se quitarían los ojos. Estoy segura que son solo excusas ¿Tiene miedo de que la sacrifiquen o experimenten con usted? Quién sabe, puede que le hagan líder de una secta que se esparza por todo el mundo. Tal vez vean la segunda venida de Cristo o el Anticristo mismo pero ambas visiones serían consecuencias directas de nuestra estupidez. No de lo que tú eres. Y que prefieras vivir así, pensando que le haces un favor al mundo; en realidad, solo postergas lo que sea que venga para nosotros.
—¿Yo para qué quiero todo eso? ¡¿A ti en qué te afecta lo que haga?! —Levantó la voz, abrumada.
—¿Cómo qué en qué? Si de repente bajaran alienígenas y se descubriera que no estamos solos, ¿usted seguiría durmiendo en la calle, aguantándose las ganas de platicar con aliens? ¿Verdad que no? Yo no podría ser la misma.
—¿Y cómo se supone que provocaría algo igual?
—Bueno, podría poner sus manos sobre el mar. Algo que todos puedan ver al mismo tiempo. Puede que algunos sí se vuelvan locos, pero otros, lo dejarían todo por ir a las playas. Matarse por dinero para nunca ver algo como eso dejaría de tener sentido.
—Tú… ¡Todo lo que quieres es dejar de trabajar!
—¿Quiere ir o no? —Extendí mi mano y se alzó con ojos saltones.
—¿Tú invitas?
—Entre las dos pagamos. —Me incliné, sonriendo. Ella agachó la cabeza un segundo, y se levantó con un suspiro. Su falda gigante había tapado una mochila a punto de reventar.
Debí haberlo adivinado.
—Lo pondré a tu cuenta.