
Alexandros. Valerio Massimo Manfredi.
No sé si a ti te pasa, pero yo siempre he tenido cierta pereza con la novela histórica. A veces se atraganta de datos, los personajes hablan como diccionarios andantes y las batallas parecen manuales de estrategia militar. Por eso llegué a Alexandros con pies de plomo.
Y vaya si me equivoqué.
Manfredi, que es arqueólogo, no escritor de academia, tiene un don raro: sabe contar. No se pierde. No aburre. Sus páginas no huelen a polvo de museo, sino a tierra mojada, a sudor de caballo, a fuego de campamento. Y eso, en un género donde a menudo prima el rigor sobre la emoción, se agradece como agua en el desierto.
La trilogía —El hijo del sueño, Las arenas de Amón y El confín del mundo— sigue a Alejandro Magno desde su infancia tortuosa (una madre obsesiva, un padre ausente y un profesor que se llamaba Aristóteles, nada menos) hasta su muerte prematura en Babilonia. Y lo hace sin maquillar al personaje. El Alejandro de Manfredi es genial y cruel, generoso y paranoico, capaz de llorar por un amigo caído y mandar ejecutar a un general al día siguiente.
¿Lo mejor? Las batallas no son ruido. Manfredi te mete dentro de la falange macedonia, te hace sentir el peso de la lanza, la arena en los ojos, la incertidumbre justo antes de cargar. La batalla de Gaugamela, en el segundo libro, es de esas que lees con el corazón en un puño y sin darte cuenta de que llevas cuarenta páginas sin pestañear.
Pero cuidado: esto no es un ensayo histórico disfrazado. Manfredi se toma licencias. Hay un componente místico (los sueños de Alejandro, el oráculo de Amón, ciertos guiños al destino) que a los más puristas puede sacar de quicio. A mí me pareció que le daba color, que hacía más humano a un personaje que de otro modo sería solo una máquina de conquistar.
Lo que menos me gustó: a veces la prosa se vuelve demasiado solemne. Hay diálogos que parecen sacados de una película de romanos de los años sesenta, con frases como "el destino me ha llamado" o "mi gloria será eterna". Y el tercer libro, El confín del mundo, se me hizo un poco más pesado. Quizá porque ya sabes cómo termina la historia y el autor, en vez de acelerar, se detiene en detalles que no siempre aportan.
Dicho esto: si te gusta la aventura bien contada, los personajes que sudan y sangran, y los escenarios que te trasladan sin necesidad de Google Maps, Alexandros te va a atrapar. No es literatura para cenar con smoking, pero es de esas novelas que recomiendas con la boca llena.