Muchas veces, quienes más gritan “prioridad nacional” no están defendiendo a los trabajadores españoles, sino utilizando el miedo y la frustración de mucha gente para señalar a un enemigo fácil: el inmigrante pobre.
Nos dicen que vienen a “quitarnos” el país.
¿Pero qué es exactamente lo que están quitando?
¿La recogida de la fresa, de la aceituna, el trabajo más duro y peor pagado, los servicios que durante años muchos nacionales rechazaron porque apenas permitían sobrevivir?
Mientras tanto, los verdaderos problemas —la precariedad, los salarios bajos, la vivienda imposible, la pérdida de derechos sociales— siguen intactos. Porque es más sencillo culpar al último que llega con una maleta que señalar a quienes concentran riqueza y poder desde hace décadas.
Algunos partidos han entendido perfectamente cómo funciona el resentimiento: cuando una persona siente que la vida le ha dejado atrás, ofrecerle un culpable y una bandera puede hacerle sentir importante. De pronto ya no es alguien ignorado por el sistema; ahora forma parte de una supuesta “defensa de la patria”, de una cruzada cultural donde creer que pertenece a algo superior.
Y ahí está la gran trampa: convencer al que sufre de que otro pobre es su enemigo.
España parece olvidar demasiado rápido su propia historia. Millones de españoles emigraron buscando trabajo y dignidad. Muchos de nuestros abuelos agacharon el lomo en el campo, pasaron hambre o tuvieron que marcharse a otros países porque aquí no había futuro para ellos. Otros fueron perseguidos, silenciados o asesinados por defender ideas distintas.
Por eso resulta inquietante ver cómo algunos pretenden reescribir la memoria colectiva mientras utilizan el miedo para dividir a quienes comparten los mismos problemas.
Una sociedad fuerte no es la que busca enemigos entre los más vulnerables.
Es la que se atreve a mirar de frente las injusticias reales sin convertir el odio en identidad.
Porque cuando el último de abajo acaba odiando al que está aún más abajo, los de arriba pueden dormir tranquilos.