Scroll infinito
Si alguien nos observara desde afuera, sin entender qué es un smartphone, pensaría que estamos rezándole a un pequeño monolito brillante. Cabezas agachadas, rostros iluminados por una luz y el pulgar repitiendo un movimiento perpetuo hacia arriba, como si estuviéramos cavando un hoyo para escondernos del mundo. Y en cierto modo, eso es exactamente lo que hacemos.
Convertimos el scroll infinito en el sedante más barato y efectivo de la modernidad. Deslizamos la pantalla no porque estemos buscando información vital, ni siquiera porque el contenido sea genuinamente entretenido; lo hacemos porque el silencio nos resulta ensordecedor. Detener el dedo implicaría levantar la vista, y levantarla significa enfrentarse al monumental aburrimiento de la propia existencia, a la pila de platos sucios, a la decisión postergada o al simple y aterrador vacío del domingo por la tarde.
Nos burlamos de las antiguas generaciones que se quedaban hipnotizadas frente al televisor, pero nuestro vicio es mucho más sofisticado. El scroll nos da la ilusión de control. Creemos que estamos eligiendo qué ver, cuando en realidad somos ratones de laboratorio en una caja de Skinner, presionando la palanca a la espera de una gota de dopamina. Consumimos fragmentos de quince segundos de vidas ajenas; recuerdo ver a alguien cocinando en la Toscana, alguien logrando el éxito financiero a los veinte, alguien llorando por atención para anestesiar la absoluta falta de movimiento en la nuestra.
Lo verdaderamente perverso de esta comodidad es cómo nos roba el derecho a la introspección. Ya no sabemos estar solos en una sala de espera o en la fila del banco. Ante el menor síntoma de contacto con nuestra propia mente, sacamos el dispositivo como un acto reflejo, un escudo protector contra el horror de tener que escuchar nuestros propios pensamientos. ¿Qué tanta cobardía escondemos? Es una parálisis voluntaria. Preferimos ser espectadores anestesiados de un millón de vidas intrascendentes, antes que asumir la responsabilidad, siempre agotadora, de tener que protagonizar la nuestra.