Un sueño recurrente
Ya no sé si llamarlo sueño o pesadilla. Quizás debería decir que es ambas. Quizás debería decir que es un deseo.
Normalmente diría que tengo un sueño recurrente, un sueño que está presente hasta cuando estoy despierta. Alguien me asesina, alguien me clava un objeto afilado en el corazón y me desangro goteando hasta llegar a la planta baja del edificio, como si huyera de mi propio cuerpo.
Mi familia no encuentran mi cuerpo, es una vecina a la que le cae una gota de mi sangre en el hombro izquierdo, y mira confusa sobre su cabeza. El hueco de la escalera casi parece el inicio de una fuente granate y brillante como nunca antes las antiguas baldosas desgastadas lo han sido. Su grito resuena hasta el piso más alto.
No estoy en una posición extraña, solo tendida en el suelo frente al ascensor y la puerta cerrada de mi casa, con una gran puñalada en el pecho y diferentes más pequeñas repartidas por mis brazos y manos.
Ni siquiera grito, siempre es lo mismo. Salgo de mi casa, y antes de que siquiera pueda llamar al ascensor, mi frente es reventada contra la pared y durante un segundo el edificio entero suena hueco y se siente blando, como si estuviera construido por dentro con órganos casi pulverizados.
Tan fuerte es el golpe que juraría verme a mí misma en el suelo con una gran y grave contusión, y alguien cuyo rostro mi mente se niega a conservar pero que a la vez sé quién es. Y, antes de que consiga apartarlo, el cuchillo ya atraviesa mi mano derecha, puedo sentirlo como si fuera un hueso más de mi cuerpo.
Juraría sentir el metal entrar entre mis costillas con la facilidad obscena de una llave entrando en una cerradura, me atrevería a decir que me acaricia. Y ahora siento mi mano caliente y solitaria.
Siento algo pero no duele, ni siquiera tengo tiempo a procesarlo. Y después nada.
A estas alturas pensaría que estoy enferma, una extraña premonición o solo he visto demasiadas películas. Pero la realidad es más escabrosa. A medida que pasan los días lo entiendo más.
No es una pesadilla, es un sueño. Es una paz que llevo reclamando años y de alguna manera mi mente es capaz de dormir tranquila con la idea de ser asesinada, bueno, no exactamente. Con la idea de simplemente morir.
En algún punto, empecé a pensar en esta extraña teoría. Era un deseo vergonzoso, uno que llevaba años pudriéndose dentro de mí.
Deseaba que alguien lo terminara, porque yo era demasiado cobarde para hacerlo por mi misma. Así que lo soñé. Soñé para sentir esa paz que tanto deseaba y ese final que inevitablemente anhelaba.
Por eso me acurrucaba cada noche entre las sábanas deseando aquella paz. Por eso siempre volvía a salir por la misma puerta por la que sabía que no volvería a entrar.
Y aun así, cada noche cerraba los ojos, esperando que todo volviera a empezar exactamente igual, una vez más. Una y otra vez.