Antes quería ser. Ahora que sé que ser no se puede ser, entonces lo que deseaba ser se destruye. Me quedé a mitad del puente y yo mismo fui quien lo destruyó.
Ahora mi mente revive la decisión de no saber si ir adelante o volver, pues ya no hay suelo sobre el cual apoyar mis pies. Tal vez lo concibo como si pudiese elegir: ¿adelante?, ¿atrás?, dándome la idea de que en realidad hay un camino.
Sin darme cuenta de que, al destruir el puente, solo queda saltar al abismo; y ese acto temerario es lo único que queda por hacer.
Tal vez solo martirizo a mi cabeza dándole la esperanza de prometerle un sabor, una guía, una luz, sin entender que ya no existe. Y esto, lejos de ser negativo, me ofreció la verdadera libertad; una que creí conocer antes, pero ahora que sé cuál es, puedo decir que es aterradora.
Ya no sé a dónde ir, pero sé que el tiempo me cobrará por no saltar. Tal vez si cierro los ojos y salto, solo así pueda pensar que, aun con los ojos abiertos o cerrados, la oscuridad sigue ahí.
Mantener mis ojos abiertos es mi miedo buscando seguridad: la seguridad de ver esa oscuridad. No negaré que no me asusta pero lo mejor es cerrarlos, porque eso representa que confío tanto en el salto que no necesito ver qué aceptare la caída.
Si ya no puedo avanzar a eso que deseaba ser ni retroceder porque ambos son una mentira, lo único que me queda es actuar.